El Origen de la Navidad
En la superficie, la Navidad es una fiesta de cumpleaños en la que se conmemoran los sucesivos aniversarios del nacimiento de Jesucristo. Pero, para empezar, los historiadores no están tan seguros de que el alumbramiento haya ocurrido por esos días del año. No existen fuentes confiables aparte de los cuatro Evangelios, y estos no resultan muy precisos ni muy explícitos. Un grupo de académicos afirma que Jesús realmente nació por julio o agosto. Enfrentada a ellos, la Iglesia católica sostiene con rigor que nació el 25 de diciembre.
Comprendemos mejor ese afán al saber que la elección de esa fecha conmemorativa no fue casual ni azarosa. En su proceso de institucionalización de la iglesia tenía un peligroso contrapeso: las tradiciones paganas Europeas, un conjunto de creencias y ceremonias inveteradas en la población que sería muy difícil desterrar. Una de las corrientes a combatir era el culto que se rendía en Roma a los dioses griegos clásicos, adoptados con nuevos nombres pero idénticos atributos. En Roma, justo el día 25 de diciembre culminaba un ciclo de festividades para honrar a Saturno, deidad de la agricultura, equivalente al Cronos de los griegos. Esas fiestas se llamaban Saturnalias y partían de otra tradición pagana aun mas remota, el culto a Mitra, una deidad persa que hasta la fecha es venerada por la religión viva mas antigua del mundo: el zoroastrismo.
Mitra estaba asociado al Sol y encarnaba un esquema común de muchas religiones, el dios que muere y renace. Ha llegado a decirse que, en tal sentido, el mitraismo y el cristianismo llegaron a compartir ese rasgo central. El viejo culto a Mitra llegaba a su clímax del 24 al 25 de diciembre: el dios moría al concluir la tarde del primer día, y renacía por la mañana del siguiente para reafirmar su triunfo sobre las temidas tinieblas.
Otras antiguas culturas europeas realizaban sus propias celebraciones jubilosas. En el fondo de todas ellas estaba un fenómeno natural que hasta la fecha se mantiene vigente y despierta el interés de los astrónomos: el solsticio de invierno, el momento cuando el planeta esta menos inclinado en relación con el Sol, y por eso recibe menos luz, lo que hace al 21 de diciembre el día mas corto del año.
Las Saturnalias se contaban entre las fiestas romanas de mayor esplendor. Se servían abundantes alimentos (carnes, pescados, aves), así como vino elaborado con las mejores uvas. La gente solía darse regalos, en especial objetos de plata. Mientras duraban, la sociedad romana sufría una transformación temporal: amos y esclavos cambiaban sus posiciones y convivían con una confianza desacostumbrada el resto del año. Los romanos celebraban el legendario reinado de Saturno sobre Roma, cuando la agricultura producía alimentos para todos y no había guerra. Esta celebración también se distinguía por sus excesos sexuales, a tal grado que en el español posterior orgía y saturnalia eran palabras equivalentes.
La tradición cristiana.
Esta realidad contrastaba con el espíritu de contención y sufrimiento carnal de quienes profesaban el cristianismo, una religión que se preocupo por eliminar la sensualidad, la alegría y vitalidad vinculadas a los cultos paganos, y hacer de la fe una sofisticada forma de tortura. Había que acabar con las Saturnalias o, más bien, reorientar a los infieles que la celebraban. La estrategia clave de la iglesia fue determinar el día 25 de diciembre como fecha oficial del nacimiento de Jesucristo, resolución que se tomo en el año 336.
La expansión del cristianismo en el Imperio Romano hizo que, en un esfuerzo de mantener su hegemonía, las autoridades adoptaran a esa religión como culto oficial. El emperador Justiniano I (483 – 565) se encargo de prohibir todos los cultos paganos, incluyendo los vestigios de la adoración a Isis y Amón, los viejos dioses egipcios. En el último año de su vida decretó que el 25 de diciembre fuera un día festivo en todos los puntos del imperio, como aniversario del nacimiento de Jesús, a quien consideraba “de la misma sustancia de Dios”. Pero las sociedades no evolucionan por decreto, y la realidad fue que por siglos durante el día 25 y en las jornadas que lo precedían, los habitantes del imperio bebían, cantaban, retozaban en las alcobas y se hartaban de golosinas aun creyendo que eran cristianos. En los últimos años de la Baja Edad Media esa ‘fiesta fusión’ se conocía como Festum stultorum o ‘fiesta de los locos’, y se celebraban en España, Alemania y Gran Bretaña. Era un ritual burlesco que se llevaba a cabo dentro de las iglesias.
Todo se organizaba como una parodia de la misa, acompañada de versos obscenos, carcajadas y burlas. La jerarquía religiosa intercambiaba posiciones, sus miembros se disfrazaban, vestían de mujer o hasta emulaban al asno y al buey que calentaron el pesebre donde nació Jesús. En ocasiones acababan desnudos haciendo el amor bajo el altar. Varios papas trataron de controlar y prohibir estas fiestas. En 1246 Inocencio I amenazo a los participantes con la excomunión y 200 años después fueron condenados por el severo Concilio de Basilea. A estas alturas (alrededor del siglo XV) la iglesia ya no estaba dispuesta a soportar vestigios paganos e inicio agresivas campañas, como la cacería de brujas, para eliminarlos del mundo. A ello se sumo la Reforma Protestante, iniciada por Martín Lutero en 1517; esta corriente consideraba a la Navidad una genuina ‘fiesta de la Bestia’.
En medio del desprestigio, la iglesia decidió reorientar la Navidad por completo dentro de un espíritu contenido y solemne. En Inglaterra, los puritanos que derrocaron al rey Carlos I llegaron al extremo de impedir cualquier celebración navideña en 1647 y, aunque la prohibición fue abolida tras la restauración de la monarquía, la festividad perdió vigencia en el mundo anglosajón. A inicios del siglo XIX se decía que la Navidad estaba muriendo, al menos como fiesta popular, pues en las naciones católicas vivía dentro de las iglesias y los conventos.
La versión moderna.
Pero la fiesta estaba llamada a resurgir. Cuando la reina Victoria de Inglaterra ascendió al trono, en 1837, en Gran Bretaña una poderosa corriente se esforzó por dar nueva vida a la celebración y popularizarla, como una época de caridad, solidaridad, reconciliación y amor familiar, alegre pero ajena a los excesos de las fiestas romanas y medievales. Una pieza fundamental para este propósito fue la publicación en 1843, de Un villancico sin música, de Charles Dickens, el cuento navideño mas celebre y adaptado de todos los que hay.
Por esos años se introdujo también el árbol de Navidad. Se ha querido relacionarlo con los cultos paganos del árbol del norte de Europa, sin embargo, no existen pruebas concluyentes que lo relacionen. Por las investigaciones de la etnóloga Ingeborg Weber Keller, ha llegado a pensarse que la costumbre comenzó como un juego para niños en Alemania alrededor del siglo XVI: se colgaba del árbol fruta, caramelos, papelillos de colores y galletas para que los pequeños los fueran desprendiendo. El príncipe Alberto, consorte de Victoria, procedía de Alemania y se convirtió en el principal promotor de este ornamento. Al mismo tiempo surgieron y se popularizaron las primeras tarjetas navideñas. Por esos años revivieron dos figuras: Papá Noel, y San Nicolás, obispo de Turquía que, según el folclor neerlandés, obsequiaba dulces a los niños el 6 de diciembre. La nueva versión se llamo Santa Clos, y comenzó a decirse que repartía regalos a los pequeños durante la noche del día 24. No olvidemos que todo esto ocurría después de la Revolución Industrial, cuando la creciente oferta de bienes marco el surgimiento de una desaforada sociedad de consumo. Ya en los diarios de la Reina Victoria leemos las crónicas de grandes banquetes navideños y en Estados Unidos el guajolote, de origen mexicano, se distinguía como el platillo favorito. Todos estos movimientos implican, desde entonces, la reactivación decembrina de las ventas y, en consecuencia, de la economía.
El espíritu de caridad y reflexión que intentaron exaltar los inventores de la nueva Navidad fue perdiendo terreno en la economía de mercado, que marco el resurgimiento de la vieja Navidad pagana de los romanos. Con el proceso de secularización de la sociedad, gran parte de la población hizo caso omiso del nacimiento de Cristo, pero no de las fiestas organizadas durante esos días. En la actualidad incluso hay personas de religión judía que la celebran. Cualquiera de nosotros participa en el ciclo de compras compulsivas, endeudamiento con las tarjetas de crédito, comidas abundantes y litros de alcohol. En las fiestas empresariales los directivos bailan con el personal de intendencia y las jerarquías desaparecen o se invierten ilusoriamente como en la antigua Roma o en la fiesta medieval de los locos.
Ciertas costumbres cambian de país en país. En México, siguiendo la tradición española, son los reyes magos quienes traen los regalos el 6 de enero, en Rusia llegan el último día del año, en Etiopia la celebración se realiza el 7 de enero. En las cenas de Bulgaria se sirven doce platos, en la Republica Checa se cocina carpa y en Noruega se prepara bacalao con jengibre. Incluso hay mucha gente que la festeja en lugares muy alejados de la tradición católica, como Japón. En cada uno de esos lugares el espíritu navideño consiste en comer, gastar y olvidar.
Todo hace pensar que nuestra versión de la Navidad es una adaptación de las antiguas Saturnalias, pero hay una diferencia cualitativa: la perdida absoluta de cualquier referente religioso. Muchas personas hoy afirman no profesar religión alguna; otras, por su parte, aseguran “soy católico, pero no practico”. Y si les preguntamos por Mitra, Cronos, o el equinoccio de invierno con seguridad nos mandarían a volar. Hoy la Navidad es la fiesta por la fiesta misma, la celebración en la que no se festeja nada y quizá por eso hay quien asocia a ella una honda sensación de vacío y depresión. Sin embargo, bien podemos adaptarla a nuestro estilo, gozarla con sensatez, verla como el apretado muestrario de un proceso cultural extendido por siglos y, en el mejor de los casos, como la aspiración manifiesta de una vida espiritual y la revisión de nuestros valores.
Por Rafael Muñoz Saldaña
Conozca Más, diciembre 2006
Págs. 80 - 90
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